Friday, April 07, 2017

El sueño de El Dorado


Santiago ha llegado a Bogotá como en un sueño. En pleno centro del Universo, caminamos despreocupadamente entre un bullicio de gente que se apresura al trabajo, estruendo de carros y busetas, vallenato en las cantinas y el vocerío de vendedores ambulantes. El Sol juega al escondite con las nubes que surcan los cielos de Los Andes. Santi ha recibido una beca de la Diputación de Granada para explorar el “Nuevo Mundo” en busca de El Dorado. Los ancestrales habitantes de la zona se llamaban muiscas, “la gente”, y sus descendientes dan la bienvenida a mi amigo, augurando una buena expedición con una sonrisa cómplice.

Recorremos San Victorino, un animado sector poblado de cacharrerías, bodegas de reciclaje y almacenes de medicina popular. Los mostradores despliegan yerbas para baños y sahumerios, vitrinas repletas de amuletos, minerales, animales, estampas de la Milagrosa y el Sagrado Corazón y estanterías abarrotadas de velas de colores, figuras del Divino Niño y la Reina Yemanyá. Santi se dirige directamente a la icónica figura de un caballero con bigote y sombrero, trajeado enteramente de blanco. La yerbatera nos explica que es el venerable doctor José Gregorio Hernández, el “médico de los pobres”, reconocido por su solidaridad y generosidad con los más necesitados y a quien se atribuyen muchas curas milagrosas en Venezuela y Colombia.


De vuelta a casa reposamos en hamacas alrededor de unas tazas calientes de aguapanela con limón. El apartamento que compartimos con Raimond, Andrés y Xavi en el barrio Galerías está levantado sobre una antigua maloca en medio de un extenso humedal. María Eugenia cocina su delicioso ajiaco de pollo a ritmo de una cumbia radiofónica y la cálida luz de las velas proyecta sombras temblorosas que bailan en las paredes. Santi a colocado a José Gregorio en el centro de la habitación. La figura del venerable contempla el infinito con melancólica bondad.


  
Aquí en Colombia, el mestizaje, la colonización, la migración, el desplazamiento forzado, y más recientemente la globalización, han puesto en contacto a las medicinas tradicionales con las de tipo científico y las llamadas alternativas y complementarias. Pedimos a María Eugenia que nos hable de José Gregorio, y nos cuenta que su vida de servicio a los demás fue testimonio de santidad, aunque aún no haya sido canonizado por la iglesia católica. Su culto, lejos de diluirse, no cesa de crecer. Nos explica que el venerable doctor es el más invocado de los “médicos invisibles”. Se trata de un comité o junta de médicos integrado por los espíritus de científicos difuntos, muchos de ellos alemanes, a los que, según María Eugenia, les escribes una carta y ellos por la noche te hacen curaciones mágicas o cirugías psíquicas desde el más allá.    

Santi tiene un ángel inexplicable que nos cautiva con su presencia y su sentido del humor. Su obra exulta tanto la belleza como el dolor y contiene una ácida poética que se ríe de la cultura occidental. El proyecto Radio Sintonía Exterior es “un viaje alucinado a zonas temporalmente autónomas y geográficamente inconcretas. No estamos en ningún punto del dial. Desde el palacio de azulejos, en el corredor de los pájaros dormidos, cuando el olor a naranja invade la noche. Emitimos sonidos confusamente concretos y no nos importa. Nos sintonizan entre el paralelo 10 y el meridiano 30. Construimos montañas, piedras en el cielo y médicos invisibles. Regalamos, prestamos y rentamos: computadoras, pistas de aterrizaje, secadoras y almanaques. Próximamente realizaremos trasteos, acarreos, saqueos y pillaje en el Caribe. No somos grandes contribuyentes”.



Por la mañana Santi llega con el periódico que destaca en primera plana La Batalla de la Quebrada El Billar, en el Caquetá, el mayor revés sufrido por el Gobierno en su larga guerra contra las FARC. La portada también reporta que el ex auditor general de la República ha sido detenido por beneficiarse ilícitamente del cartel de Cali. Entre el río de graves sucesos, las noticias también anuncian un próximo eclipse de Sol. El fenómeno sera visible en su totalidad desde el municipio de Sesquilé, a cincuenta y siete kilómetros de la capital, donde se encuentra la legendaria laguna de Guatavita. Esta laguna sagrada era el centro religioso de los Muiscas del Zipazgo, donde veneraban a Sie, el agua, y donde celebraban la más magnificente de sus ceremonias, que dio origen a la leyenda de El Dorado. La tradición cuenta que, cuando se proclamaba como cacique, el aspirante al trono debía llegar totalmente puro de pensamiento a la laguna, colocarse ungüentos y ponerse oro en polvo sobre la piel, para luego sumergirse en la laguna, y al salir era sabio. Después de este acto, se ofrecían oro, esmeraldas y otras piedras preciosas que se arrojaban al agua, ya que los Muiscas creían que todo acto que afectara la naturaleza debía tener su equilibrio. Santi me mira sonriendo con chispitas en los ojos. Nos apresuramos al mapa vial y turístico desplegado en la pared discutiendo ilusionados las rutas y preparativos de la expedición.



Los cielos de la ciudad son un cambiante diorama de nubes grises y azul infinito. Desde los amplios ventanales de la sala contemplo los misteriosos Cerros Orientales que se elevan dramáticamente sobre la ciudad. Siento que los cerros desde su espesura me devuelven la mirada. Mis compañeros han vuelto de la universidad y trabajan en sus habitaciones como en una silenciosa estación espacial. Andrés pinta sobre pieles de animales grandes cosmografías de cuerpos-mundo. Xavi recombina celuloides encontrados en los mercadillos con oníricas visiones chamánicas y de ciencia ficción. Raimond dibuja los retratos robot de unos ladrones de dinamita en busca y captura que acaba de publicar la policía. Santi, de vuelta de una exposición de cerámica precolombina en el Museo Arqueológico, está copiando un ofrendatario muisca, una vasija antropomorfa ataviada con collares cruzados, cuya cabeza está ausente. Curioseo en su cuaderno y leo unas notas sobre arte: “Hemos olvidado el minimalismo, el arte conceptual y el expresionismo abstracto. A pesar de todo pintamos, esculpimos y nos la tocamos cuando el olor a naranja invade la noche. Nos masturbamos sobre la escupidera de plata. Nos hacemos pajas frente al pelotón de fusilamiento. Actualmente somos felices”.

A bordo de un destartalado autobús iniciamos por fin la esperada excursión a Guatavita. Recorremos el Distrito Capital en dirección norte, entre altos edificios, centros comerciales, clubes de campo y condominios fortificados guardados por paramilitares. Las localidades de Bogotá componen un poema urbano: Usaquén, Chapinero, Santa Fe, San Cristóbal, Usme, Tunjuelito, Bosa, Kennedy, Fontibón, Engativá, Suba, Barrios Unidos, Teusaquillo, Los Mártires, Antonio Nariño, Puente Aranda, La Candelaria, Rafael Uribe Uribe, Ciudad Bolívar y Sumapaz. Santi me habla de la identidad entre los topónimos coloniales de Santafé de Bogotá (capital del antiguo reino de la “Nueva Granada”) y el pueblo de Santa Fe en su Granada natal. Discutimos cómo los conquistadores españoles, cambiando los nombres originales indígenas por nombres europeos, ejercieron una estrategia planeada de dominación a través de la denominación. Recuerdo el relato de Tzvetan Todorov en La conquista de América: a la llegada de los primeros españoles a las costas caribeñas preguntan a los nativos el nombre de aquel lugar: “maa cuba than” (no entendemos vuestras palabras). Los españoles entienden “Yucatán” y así deciden ponerle el nombre a esta provincia. Este topónimo, que en nosotros evoca exotismo y autenticidad indígena, ha quedado en realidad como símbolo de los malentendidos culturales.

El bus atraviesa zonas bien diferenciadas de una ciudad severamente estratificada social y económicamente. Las fachadas de ladrillo descubierto se extienden allá donde no llegan ni el asfalto ni los servicios públicos. Los millones de campesinos empujados al éxodo a causa del nivel de violencia en el campo, vienen a hacinarse en barriadas autoconstruidas de la periferia de las grandes ciudades. Nuestra conversación deriva por la tumultuosa orografía de un paraíso en convulsiones. Compramos almojábanas a través de la ventanilla mientras unos niños juegan alegremente en los charcos. Un grupo de jóvenes apostados en una esquina conversan con gorras caladas sobre miradas felinas. El bus sigue escalando las sinuosas curvas de Los Andes a ritmo del merengue que atruena en los parlantes.

Por fin llegamos a nuestro destino. A tres mil metros de altitud, avanzamos por el arbolado sendero del subpáramo que se eleva suavemente hasta lo alto de un gran cráter. Al llegar al borde, la laguna se muestra majestuosa a lo ancho del paisaje. Un antiguo circo glacial deshelado es el origen de su perfecta forma circular. Contemplando en silencio la mágica laguna turquesa sentimos su poderosa energía e intuimos el carácter sagrado del lugar. Su esplendor también contiene la trágica herida de la agresión colonial. Al lado noreste, el cráter muestra un gigantesco tajo transversal. La creencia de que la laguna estaba llena de oro debido a las ofrendas de los muiscas motivó a muchos colonizadores, empezando por los españoles, a intentar vaciar el agua de la laguna mediante un corte que atraviesa el cráter que la contiene, en una muestra inaudita de la codicia del hombre. A pesar de sus esfuerzos, los colonizadores nunca consiguieron su desatinado propósito y El Dorado continúa guardando su secreto.



Dando cuenta de nuestros bocadillos contemplamos el fulgor del Sol en el centro de la serena laguna. Hay un revuelo de pájaros, luego un insólito silencio, como un presagio de asombro. El Sol empieza a ocultar su rostro tras la Luna y el paisaje se enfría, tornando despaciosamente azul, sumergiéndonos en la noche. Los principios femenino y masculino se disuelven en el abrazo de Chía y Sue, la Luna y el Sol. Una grandiosa manta de estrellas cubre el firmamento y nos cobija con una paz indescriptible. Acostados en la yerba, contemplamos la Luna coronada de oro, irradiando feliz fuera del tiempo. Comprendo que estoy contemplando directamente la realidad última. Lo que profundamente soy: no-dualidad. Cuando el pensar termina, el pensamiento desaparece, pero su sustancia, la Conciencia, permanece, conociéndose a sí misma tal como es, como Comprensión. Cuando el sentir termina, la sensación o cuerpo desparecen, pero su sustancia, la Conciencia, permanece, conociéndose a sí misma como Amor. Y cuando el percibir termina, el objeto, los otros o el mundo desaparecen, pero su sustancia, la Conciencia, permanece, conociéndose a sí misma como Belleza. ¿Quién se hubiera imaginado que la Conciencia, la naturaleza fundamental, da nacimiento a todas las cosas. Y que todas las cosas están incluidas en nuestra propia naturaleza? Miro mis manos y puedo verlas en la oscuridad. Me vuelvo a Santi que me observa sonriente. No hace falta comunicarlo con palabras, nos hemos despertado al sueño. Y explotamos en carcajadas.


“Buenos días santo y venerado hermano, si tú quieres me puedes sanar”. Santi ha recolocado la estatuilla de José Gregorio mirando al mapa de Colombia en la pared. Esta precisa yuxtaposición me ha tocado de manera poderosa. Cuando la belleza del arte es capaz de abrir nuestros corazones, quizá nos hace también más abiertos a aquellas partes de la vida que no son tan bellas. El observador de Santi despierta en mi un montón de interrogantes. Me pregunto que pensará el venerable José Gregorio del difícil momento que vive este país, después de rechazar en las urnas el acuerdo de paz de La Habana entre el gobierno y las FARC, y qué medidas aconseja para ayudar al desbloqueo en una situación social fuertemente polarizada. En los últimos años en Colombia se ha dado un impacto de la violencia cada vez mayor en el tejido social, un cansancio y distanciamiento de la gente sobre dicha problemática, en medio del debate sobre la atención a las víctimas, la paz y un aumento de la polarización pública. El proceso que ha llevado al actual acuerdo ha sido acompañado por diferentes actores nacionales e internacionales, y es la primera vez que en un proceso de paz se ha dado la participación de las víctimas y diferentes sectores sociales. Carlos Martín Beristáin señala que “el momento histórico que vive Colombia necesita respuestas de consenso a la altura de los desafíos. Frente al tiempo pasado y presente, se juega el tiempo de las nuevas generaciones. La reconstrucción del tejido social, la responsabilidad, la sensibilidad y la capacidad de llegar a acuerdos entre diferentes son las bases para ejercer una esperanza compartida fuera y dentro de Colombia”.




Contagiado de esperanza, Santi concluye su aventura en estas tierras y retorna a España ligero de equipaje. Bajo una leve lluvia, lo acompaño en taxi al aeropuerto El Dorado. En el trayecto seguimos hablando del conflicto y de su efecto en las personas. El proceso de un diálogo colectivo es inseparable de una evolución en nuestras vidas, que reconoce nuestros conflictos internos, y se propone levantar todas las barreras interiores que obstaculizan el camino de la paz. Quizás el tesoro que buscamos no es sino la transformación alquímica que nos descubre lo que verdaderamente Somos, para cambiar colectivamente el sueño del planeta de una manera solidaria, sostenible y amorosa. Llegando a la terminal internacional la lluvia ha cesado y el Sol asoma entre las nubes. Suena Radio Sintonía Exterior y un olor a naranja invade El Dorado. Entre el paralelo 10 y el meridiano 30, el viaje empieza donde termina con una mirada nueva. No estamos en ningún punto del dial. No somos grandes contribuyentes, pero seguiremos informando.

Federico Guzmán