Sunday, June 25, 2006

Argos en el II FSMM


Argos, la patera reciclante de Federico Guzmán, navega por el II Foro Social Mundial de las Migraciones. Programación artística organizada por los Dueños de la Nada: Azucena Calderón, Pedro Laosa y Pepe Murciego. Gracias a Pedro y a Sara y a la Galería Pepe Cobo de Madrid.










































































































Monday, June 05, 2006

Argos, la patera reciclante


Cuenta la leyenda que Jasón y los argonautas viajaron en busca del vellocino de oro a bordo del Argos, una nave construída con la ayuda de los dioses. A lo largo del periplo, el Argos fue reparado pieza por pieza de manera que, a su vuelta, el único elemento original que conservaba era el nombre de la nave. El Argos representa una remezcla de las experiencias vividas por sus tripulantes en los diferentes puertos que visitaron. El arte también puede servir para abordar literalmente una metáfora y ver dónde nos lleva.


Nuestro viaje empieza en Jimena de la Frontera, en la comarca de los Alcornocales, cerca del Estrecho de Gibraltar. Viajar aquí ha supuesto el encuentro con personas y realidades diferentes. Durante varias semanas he podido trabajar con Juan Angel Gómez y Anja Tiedemann, artesanos expertos en dar forma a las ideas a través de materiales tan diversos como la goma espuma, la madera, el metal o el corcho. Aquí llegué con la idea de encargarles la fabricación de un carrito de balineras como los que usan los recicladores en Colombia. Quería trabajar sobre el Argos, una metáfora de cambio y renovación encapsulada a la manera de los proverbiales barcos en botella.













Discutiendo el proyecto, mis amigos me hablaron de las pinturas rupestres del abrigo de la Laja Alta, representaciones de barcos de unos 3000 años de antigüedad. Esta cueva fue localizada en 1978 por Francisco Corbacho, vecino del pueblo, quien puso en conocimiento de las autoridades de cultura lo que sería uno de los descubrimientos más importantes de la arqueología gaditana reciente: un conjunto de arte esquemático rupestre cuyo motivo central lo constituyen un grupo de embarcaciones que bien podrían considerarse como una escena naval o incluso como un auténtico catálogo de navíos de época protohistórica. En estos dibujos podemos intuir el asombro de un habitante de la región ante la visión de los primeros barcos griegos y fenicios que llegaron a estas costas.



Atravesando para llegar aquí el bosque de alcornoques más extenso de la península, uno no puede dejar de pensar en el corcho, industria local y excepcional material de la naturaleza. El Quercus suber viste su tronco y ramas de una gruesa corteza suberificada que lo protege del fuego y le confiere una identidad propia, le otorga un lugar especial en la historia de la biología (en 1664, Robert Hooke descubrió la célula y la organización celular de los organismos observando un fragmento de su corteza) y lo liga al hombre como origen de un producto insustituible en la mayoría de sus aplicaciones. El corcho es un producto natural y renovable con propiedades físicas y químicas jamás igualadas por un material artificial. Su composición química y estructura anatómica lo convierten en un material ligero, compresible y elástico, impermeable a líquidos y gases, con elevada capacidad de aislamiento térmico y acústico, resistente al desgaste mecánico, a la degradación por ácidos y microorganismos y al fuego.




El corcho como material protector… De ahí a pensar en construir una embarcación de corcho no hay ni un paso: una patera como las que utilizan los inmigrantes para alcanzar nuestras costas en un trágico goteo. El drama que nos llega cada día a través de los medios de comunicación aquí te asalta en toda su realidad. Desde la costa de Tarifa, cuando el cielo está libre de nubes, el horizonte africano se observa tan nítido y cercano que parece sencillo atravesar el mar que lo separa de España y tocar el otro lado. Casi como un engaño de la Naturaleza para los que se arriesgan a cruzar el Estrecho hacinados en una patera.

Hasta hace poco, lo normal era que se tratase de embarcaciones fuertes que daban cierta seguridad a sus ocupantes a pesar de ir sobrecargadas. Así debía ser, ya que el patrón volvía con la embarcación al punto de partida y, por lo general, era gente experimentada que contaba con un bote preparado para faenar en alta mar, pero reconvertido para el tráfico de personas. En cambio hoy, muchos de los patrones no son más que hombres que quieren llegar a la otra orilla, con conocimientos mínimos de marinería y apenas destreza para alcanzar tierra firme en infortunadas embarcaciones construidas en una sola noche. Son las “falsas pateras” que hemos visto en los desguaces donde la policía las almacena en Algeciras. En presencia de estas toscas barcas amontonadas, clavadas con listones y puntillas y forradas hasta de conglomerado, se le cae a uno el alma a los pies.



Todos tenemos derecho a buscar la felicidad por el mundo, aunque no sea en el lugar donde hemos nacido. La hipocresía occidental a menudo defiende este concepto a ultranza mientras no cuestiona sus pautas de comportamiento frente a la inmigración. Las mejores intenciones se esconden detrás de discursos paternalistas trasnochados. Hablamos de integración, de acomodación y de adaptación y deberíamos actuar para que quienes comparten trabajo, derechos y deberes se sientan -de verdad- parte del proyecto ciudadano de los países en los que viven. Como señalan Sami Nair y Juan Goytisolo en el libro El peaje de la vida: “Emigrar es desaparecer para despues renacer. Inmigrar es renacer para no desaparecer nunca más”.




Federico Guzmán
Sevilla junio 2005




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